Críticas/Estrenos

‘Paterson’: la trascendencia de lo cotidiano

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Dirección:
 Jim Jarmusch
Guión: Jim Jarmusch
Reparto:Adam Driver, Golshifteh Farahani, Kara Hayward, Sterling Jerins, Luis Da Silva Jr., Frank Harts, William Jackson Harper, Jorge Vega, Trevor Parham, Masatoshi Nagase
País: Estados Unidos Estados Unidos
Duración: 113 minutos
Año: 2016

Sinopsis: Esta es la historia de un conductor de autobús y poeta aficionado llamado Paterson, que vive en Paterson, New Jersey. Paterson tiene un cuaderno de poemas, en el que escribe sobre las pequeñas cosas de la vida. [Fuente: FilmAffinity]

Cuando Thierry Fremaux, director general del Festival de Cannes, anunció en rueda de presa la presencia del último largometraje de Jim Jarmusch en Sección Oficial a competición, lo definió como “un film très jarmuschien”. Cuatro palabras. Una cinta muy jarmuschiana, dijo, argumentando que pese a tratarse de un realizador imprevisible y de proyectos siempre originales, su nueva obra era fiel a la esencia que había caracterizado al cineasta desde sus inicios. Pese a lo parco de la descripción, que no llegaba siquiera a revelar algo acerca de la trama, cualquier seguidor de Jarmusch sabía ya qué esperar de Paterson: una vuelta a ese cine personal e inconfundible, de espacios desiertos, ciudades decadentes y calles vacías; a esos personajes itinerantes en fuga hacia ninguna parte; a esas historias en que lo simple se revela trascendente y de lo cotidiano emerge la significación más profunda. Una vuelta a ese cine de silencios, repeticiones y tiempos muertos que, como diría otro genio, “callan más de lo que dicen, pero dicen la verdad”. Ese cine con ritmo propio, de un desbordante sentido del humor, que ha sabido reflejar la libertad, la juventud o la soledad de la América posmoderna con un discurso tan especifico como universal.

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Se esperaba, así, un nuevo capítulo del mejor Jarmusch. Y Paterson no defrauda. Es la historia de un conductor de autobús y poeta que se llama Paterson y vive en Paterson. Paterson (un inconmensurable Adam Driver), repite día tras día la misma rutina: se despierta sin necesidad de alarma, va a trabajar, cena con su pareja, pasea a su perro, toma algo en el bar. En sus ratos libres, con el referente de William Carlos Williams en el horizonte, escribe poemas sobre las realidades más cotidianas a su alcance: una caja de cerillas, una conversación que capta el bus. Su matrimonio con Laura (Golshifteh Farahani) se basa en un amor cercano, puro y cotidiano, alejado de toda visión romantizada o idealizada. Tiene, en definitiva, una vida feliz y placentera, disfruta de las pequeñas cosas. En otra película, esperaríamos un cambio que haga virar la narración. Pero, como el propio Jarmusch expone en una entrevista, “la vida no tiene giros dramáticos en cada arco”. Aquí un cambio inesperado no desencadena los acontecimientos de la película, porque la película en sí es el acontecimiento: la cotidianeidad de Paterson, por sí sola, es suficiente para construir todo un discurso sobre las prioridades en la vida. La felicidad del personaje se sustenta en su capacidad para elegir lo que quiere hacer, para ser quien quiere ser por encima de prejuicios y circunstancias. Y este mensaje cala muy hondo en el espectador: el film respira verdad, tiene una comicidad desbordante y te gana con su ternura y emoción.

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Una vez más, como en todo el cine de Jarmusch, lo sencillo acaba revelando una profundidad emocional y filosófica indescriptible. Lo fascinante de Paterson es que, en su discurso sobre la felicidad, y en su apuesta por esa poesía de lo cotidiano que tanto disfruta el protagonista, está emergiendo como una suerte de metaficción sobre la propia poética de Jarmusch. Los paralelismos entre la obra creativa del personaje y la del cineasta se suceden: las constantes repeticiones del film (véase la recurrente aparición de parejas de gemelos) son el reflejo de las rimas internas que Paterson dice apreciar en la poesía; la sucesión de días en torno a la cual el realizador estructura su narrativa reproduce la concepción del tiempo que el personaje expresa en sus poemas. El paralelismo es evidente: personaje y director son dos caras de la misma moneda. Paterson no deja de ser un alter ego de Jarmusch que defiende en la ficción lo que su creador aplica en la realidad.  Dos niveles, en definitiva, de una misma posición ante la vida y ante el arte: ensalzar la grandeza de lo pequeño, la trascendencia de lo cotidiano.

Paterson es un monumento al cine más sincero, sencillo y humano. La mejor película del año.

Nota:
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