Críticas/Estrenos

Crítica, ‘Yo, Daniel Blake’

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Dirección: Ken Loach
Guión: Paul Laverty
Reparto: Hayley Squires, Natalie Ann Jamieson, Dave Johns, Micky McGregor, Colin Coombs, Bryn Jones, Mick Laffey, Dylan McKiernan, John Sumner, Briana Shann,Rob Kirtley
País: Reino Unido Reino Unido
Duración: 100 minutos
Año: 2016

Sinopsis: Por primera vez en su vida, víctima de problemas cardiacos, Daniel Blake, carpintero inglés de 59 años, se ve obligado a acudir a las ayudas sociales. Sin embargo, a pesar de que el médico le ha prohibido trabajar, la administración le obliga a buscar un empleo si no desea recibir una sanción. [Fuente: FilmAffinity]

Era cuestión de tiempo que la figura de Ken Loach llegara a las páginas de este blog. Para muchos, referente absoluto en el desarrollo del cine británico de las últimas décadas, y uno de los máximos exponentes del mejor cine social contemporáneo, tanto europeo como mundial. Para otros, rojeras tendencioso, con cierta inclinación hacia la manipulación y la moralina, que es injustamente venerado por algunos sectores del mundo cinematográfico. Debate abierto y polarizado, por tanto, en torno a la consideración de este director británico, que se ha reavivado más que nunca con el estreno de su último film: Yo, Daniel Blake, con el que se alzó, para sorpresa de todos, con la Palma de Oro (segunda de su carrera) en la última edición del Festival de Cannes. La cinta se estrena en España este fin de semana, y desde ‘Pequeño hablador de cine’ me pregunto: ¿qué hay de verdad en las posturas enfrentadas en torno a la figura de Loach? ¿Cómo clasificar Yo, Daniel Blake dentro de este debate? ¿Obra maestra o propaganda izquierdista?

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La respuesta, si es que la hay, parece compleja. Es de lo más absurdo despreciar una película como propaganda sin valorar los muchos aspectos interesantes que hay en ella, y sin embargo resulta complicado obviar los problemas que, al menos a mí, me plantea el acercamiento a la realidad de Yo, Daniel Blake. Vayamos por partes. La cinta tiene virtudes evidentes, ya desde la propia elección de la historia. En una Europa en crisis, nunca serán suficientes las películas que aborden el desempleo, la pobreza, y en general, el sufrimiento de los más desfavorecidos, así como su conflicto con un estado y una burocracia que les dan la espalda en los momentos de mayor necesidad. El interés de la temática nunca falla en las cintas de Loach, y tampoco lo hace la humanidad y ternura de sus personajes protagonistas: en esta ocasión, un carpintero viudo y en paro, al que los reveses de la vida no le arrebatan nunca el sentido del humor ni le hacen olvidar el valor de la solidaridad. Temática y personaje se complementan con un estilo muy sobrio, sin asomo de virtuosismo ni grandilocuencia, que busca que la emoción emane de la propia verdad que transmite el film (y por el gimoteo que se oía en la sala de cine, puedo jurar que lo consigue).

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¿Dónde está, entonces, el problema? No se trata de la realidad que aborda, ni en ningún caso del contenido ideológico que subyace en ella. El error está en el cómo: el camino para un cine comprometido política y socialmente, que denuncie las injusticias y conflictos existentes, ha de estar en un reflejo fiel y profundo de la realidad, alejado de maniqueísmos. A Loach, sin embargo, su posicionamiento ideológico (lícito, repito, pues ideología hay en todas y cada una de las películas que vemos) le lleva en ocasiones (y Yo, Daniel Blake es una de ellas) a imponer una actitud demasiado prescriptiva y manipuladora hacia las historias que cuenta. Y esa falta de, llámese profundidad, llámese altura de miras, es la que condena a una parte de su cine. Algo, por otra parte, con lo que el jurado del Festival de Cannes no parece estar de acuerdo, y ahí está la Palma de Oro para demostrarlo. ¿Es justo este reconocimiento, en un año en que la crítica señaló el alto nivel de otros títulos de la Sección Oficial? La dicotomía justicia-premios es siempre relativa, pero mucho me temo que Yo, Daniel Blake no pasará a la historia como una de las grandes obras del siglo XXI. La polémica está servida.

Nota:
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